Cómo empezar a trabajar de arquitecto
Arquitectura

Cómo empezar a trabajar de arquitecto

El Arq. Gerardo Montiel, fundador de GEMOVI, comparte lo que aprendió sobre construcción, clientes y obra al salir de la universidad.

30 May, 2026·12 min de lectura

Cuando terminé la carrera imaginaba mi vida profesional de una manera muy distinta a como realmente comenzó. Me veía trabajando en una constructora importante, desarrollando grandes proyectos desde una computadora. Quería diseñar, hacer renders, recorridos virtuales, planos y presentaciones. Era lógico: durante la universidad, la representación arquitectónica, el diseño e incluso la elaboración de maquetas eran algunas de las cosas que más disfrutaba.

Con el tiempo entendí que ejercer arquitectura iba mucho más allá de sentarse frente a una computadora. La obra, los clientes, los trabajadores, los proveedores, los costos, los errores y las decisiones que se toman todos los días terminaron enseñándome otra parte de la profesión que difícilmente habría podido comprender solamente desde un salón de clases.

Mi primera oportunidad no fue diseñar

Uno de mis primeros trabajos llegó gracias a un tío arquitecto. Él pertenece a una generación acostumbrada a desarrollar planos a mano y necesitaba apoyo para digitalizar el levantamiento de un hospital de seis niveles perteneciente a una clínica de hemodiálisis.

Mi participación consistió principalmente en plasmar en AutoCAD todo el conjunto existente y apoyar en la elaboración de documentación técnica necesaria para el proceso de acreditación ante COFEPRIS.

No estaba diseñando nada mío. No era todavía ese gran proyecto que uno imagina tener al terminar la carrera. Simplemente estaba haciendo correctamente el trabajo que tenía enfrente.

Sin embargo, ese proyecto terminó convirtiéndose en una de las oportunidades más importantes de mis primeros años.

El cliente conoció mi trabajo y posteriormente se puso en contacto conmigo directamente para realizar remodelaciones dentro del hospital. Esta vez ya no se trataba solamente de dibujar lo existente: ahora tenía que proponer soluciones, diseñar y aplicar criterios relacionados con la normativa hospitalaria.

Después llegaron dos clínicas más para el mismo cliente, ubicadas en diferentes municipios.

Ahí aprendí una de mis primeras grandes lecciones: nunca sabes qué proyecto será el que abra la puerta al siguiente.

Nunca sabes qué proyecto será el que abra la puerta al siguiente.

Empezar desde abajo también es empezar

Durante mis primeros años acepté prácticamente cualquier oportunidad relacionada con la arquitectura.

Hice remodelaciones pequeñas, vestidores, baños, renders y trabajos de distinta escala. Incluso llegué a conseguir viajes de arena o grava. En algunos trabajos ganaba poco y en otros prácticamente nada.

Pero en ese momento buscaba algo diferente al dinero: quería experiencia. Quería proyectos para mi portafolio, conocer trabajadores, encontrar contratistas y proveedores, relacionarme con clientes y comenzar a desenvolverme profesionalmente. Quería estar ahí, frente a las personas, resolviendo problemas y comenzando a asumir el papel de arquitecto.

Por eso considero que cuando uno acaba de egresar es importante no menospreciar los proyectos pequeños.

Es difícil pensar que el primer proyecto que vas a dirigir será un edificio, una plaza comercial o un hospital. Todos quisiéramos comenzar con proyectos de esa magnitud, pero primero hay que entender cómo funciona el mundo real.

Un proyecto pequeño permite equivocarte, resolver, conocer materiales, entender costos, tratar con trabajadores y descubrir situaciones que difícilmente aparecen durante la universidad.

Eso no significa trabajar gratis permanentemente.

Hay una etapa en la que un proyecto puede aportarte experiencia, contactos, conocimiento o material para tu portafolio aun cuando económicamente deje poco. Pero también llega un momento en el que debes preguntarte qué te está aportando realmente ese trabajo.

Cuando dejó de interesarme únicamente acumular proyectos pequeños, comencé a buscar algo más grande.

La universidad te prepara; la obra te enfrenta con la realidad

Durante mi servicio social trabajé en una empresa constructora que desarrollaba edificios de departamentos de una escala considerable.

Al principio realizaba actividades bastante sencillas. Apoyaba con programas de diseño e incluso hacía cosas que sentía poco relacionadas con aquello para lo que había estudiado.

Hasta que comenzaron a darme la responsabilidad de visitar las obras y registrar el porcentaje de avance de las diferentes partidas.

Eso cambió mi perspectiva.

Estar dentro de una empresa grande, recorrer proyectos de esa magnitud y comenzar a observar cómo se ejecutaban me emocionó. Aunque al terminar no existía una plaza disponible para que pudiera quedarme, esa experiencia confirmó mis ganas de seguir en esta profesión.

Tiempo después, durante la planeación de la remodelación de un departamento, apareció otro aprendizaje.

Yo era un arquitecto joven y algunos trabajadores cuestionaban mis indicaciones. En ocasiones intentaban convencerme de que determinadas actividades necesitaban más tiempo del que realmente requerían.

Fue entonces cuando entendí que tener un título no significa que automáticamente todos van a respetar tus decisiones.

Tuve que demostrar lo que sabía. Comencé a explicar los procesos, justificar cómo debían ejecutarse los trabajos y, al mismo tiempo, demostrarles que su trabajo también me importaba.

Poco a poco la relación cambió.

En obra, el respeto no solamente se exige; también se gana.

Hay cosas que solamente aprendes construyendo

En la universidad aprendemos a calcular cantidades, considerar desperdicios, desarrollar presupuestos y especificar materiales. Todo eso es indispensable.

Pero verlo suceder físicamente es diferente.

En una obra puede desperdiciarse más material del previsto porque una actividad se ejecutó incorrectamente. Puede comprarse un tono equivocado de pintura. Puede pedirse material de más. Puede dañarse material por no almacenarlo correctamente. Una instalación existente puede encontrarse en condiciones diferentes a las que imaginabas.

Y cada una de esas situaciones cuesta dinero.

Yo mismo he cometido errores.

En un trabajo de terracerías calculé incorrectamente las condiciones de un terreno y terminé comprando más material de compactación del necesario.

En otra remodelación no revisé suficientemente una instalación sanitaria existente. Posteriormente descubrimos que también se encontraba en malas condiciones y fue necesario repararla, aunque ese trabajo no estaba contemplado originalmente en mi catálogo. El costo adicional terminó siendo parte de mi responsabilidad.

No fueron experiencias agradables, pero cambiaron mi manera de trabajar.

Desde entonces intento pensar siempre en tres cosas: ¿qué está pasando?, ¿qué pasó antes?, ¿y qué puede pasar después?

Diseñar también significa anticiparse. Como responsable de un proyecto no puedo asumir que algo está bien simplemente porque alguien más dice que lo está. Tengo que revisar, preguntar, comprobar y tratar de entender cómo una decisión tomada hoy puede afectar lo que construiremos mañana.

¿Qué está pasando? ¿Qué pasó antes? ¿Y qué puede pasar después?

Aprender a dirigir siendo joven

Una de las dificultades de comenzar a trabajar recién egresado es encontrarte con personas que llevan construyendo más años de los que tú llevas estudiando arquitectura.

Al principio eso puede intimidar.

Mi manera de enfrentarlo fue marcar una línea profesional, pero sin creer que por ser arquitecto automáticamente sabía más que todos. Cuando conocía el procedimiento, lo explicaba. Cuando tenía que tomar una decisión, la justificaba. Y también aprendí que las personas que llevan años trabajando en obra tienen conocimientos prácticos que vale la pena escuchar.

Dirigir no significa gritar más fuerte. Significa saber qué quieres hacer, entender cómo debe hacerse y lograr que todas las personas involucradas trabajen hacia el mismo resultado.

Dirigir no significa gritar más fuerte.

También tuve que aprender a cobrar

Este fue otro aprendizaje.

Cuando comencé a desarrollar proyectos me ocurría algo curioso: muchas veces encontraba rápidamente la solución.

Entonces pensaba: "si lo resolví rápido y prácticamente no me despeiné, ¿cuánto debería cobrar por esto?". Y cobraba barato.

Conforme fui trabajando entendí lo costosa que es realmente la construcción. La mano de obra cuesta, la maquinaria cuesta, las herramientas cuestan y los materiales cuestan.

Entonces me hice una pregunta bastante sencilla: si todo lo necesario para ejecutar mi proyecto tiene un valor, ¿por qué mi conocimiento no debería tenerlo?

Comencé a preguntar a otros profesionales cómo cobraban, comparar precios y entender mejor el valor de mi propio trabajo.

Todavía creo que aprender a cobrar correctamente es un proceso. Pero poco a poco se pierde el miedo a ponerle precio a una solución.

El cliente no está pagando únicamente las horas que tardaste frente a la computadora. También está pagando los años que necesitaste para poder encontrar esa solución.

Haz bien incluso el proyecto más pequeño

Uno de los clientes con los que comencé trabajando posteriormente me recomendó con tres personas cercanas.

Para una desarrollé una casa desde cero. Para otra realicé el proyecto arquitectónico de su vivienda y para otra trabajé en una ampliación y remodelación.

Disfruté muchísimo esa etapa porque ya eran mis diseños, mis trabajadores y mi responsabilidad. Por primera vez sentía plenamente lo que significaba desarrollar y construir mis propios proyectos.

Y todo había comenzado con un levantamiento en el que ni siquiera había diseñado.

Por eso considero tan importante entregar bien cada trabajo. No sabes quién volverá a llamarte. No sabes quién recomendará tu trabajo. No sabes si aquella remodelación pequeña terminará convirtiéndose en una casa completa, una clínica o un proyecto mucho mayor.

Las recomendaciones no se consiguen simplemente pidiéndolas. En gran medida se consiguen cuando alguien queda suficientemente satisfecho con tu trabajo como para poner su propia palabra de por medio y decirle a otra persona: "Yo conozco a un arquitecto."

Por eso, sin importar la escala, intento que cada proyecto reciba calidad, atención y esfuerzo.

Las herramientas importan, pero también tu capacidad para resolver

La universidad fue una etapa de muchísima presión para mí.

Había que entregar planos, renders, maquetas, presentaciones, cálculos y proyectos completos constantemente. Muchas veces el verdadero problema no era saber hacerlos, sino tener tiempo suficiente para terminar todo.

Hubo noches de desvelo y días en los que parecía imposible terminar. Pero terminé desarrollando una mentalidad que todavía conservo: aunque sea mucho trabajo, voy a encontrar la manera de sacarlo adelante.

Respecto al software, considero que AutoCAD sigue siendo una herramienta fundamental. A partir de ahí recomiendo conocer diferentes programas de modelado, representación y visualización hasta encontrar aquellos con los que cada persona trabaje mejor.

No creo que todos los arquitectos tengan que utilizar exactamente las mismas herramientas.

Lo importante es que la herramienta no limite tus ideas.

Si estás empezando, sal a obra

Si pudiera hablar con el arquitecto recién egresado que fui, aquel que quería permanecer frente a una computadora diseñando y haciendo renders, le diría algo muy sencillo:

Sal a obra. Arriésgate. Visita proyectos. Ve a otras ciudades. Pregunta. Acércate a empresas donde te gustaría trabajar. Busca obras cada vez más grandes y no tengas miedo de reconocer que todavía tienes cosas por aprender.

Estar en obra cambió mi manera de diseñar. Cuando construyes algo que previamente dibujaste empiezas a descubrir detalles que después incorporas automáticamente en tus siguientes proyectos. Entiendes por qué ciertas decisiones funcionan y otras solamente se ven bien en un plano.

La computadora me permite desarrollar rápidamente una idea, pero muchas de esas ideas ahora existen precisamente porque antes vi cómo se construían.

Diseño y obra no deberían vivir separados.

No te desesperes

Si hoy un recién egresado me preguntara cómo empezar a trabajar de arquitecto, probablemente esto sería lo primero que le diría: no te desesperes. Llegará el momento en el que alguien confíe en ti para desarrollar un proyecto importante. Mientras tanto, trabaja.

La arquitectura tiene una cantidad enorme de caminos profesionales. Puedes diseñar, construir, supervisar, administrar, presupuestar, representar, especializarte o encontrar un área que quizá ni siquiera conocías cuando comenzaste la carrera. La amplitud de la profesión es real: la formación y el ejercicio arquitectónico abarcan diseño, construcción, supervisión, administración y otros campos especializados.

Aprende a tratar con clientes, trabajadores, proveedores y compañeros. Aprende a recibir críticas. Aprende a reconocer un error y resolverlo.

Y cuando aparezca una oportunidad, aunque todavía no sea el proyecto que soñabas, hazla bien. Quizá solamente sea el primer escalón.

Ser arquitecto es mucho más que hacer planos

Después de estos años puedo decir que no me arrepiento de haber estudiado arquitectura.

Es una profesión extraordinariamente completa. Conviven matemáticas, física, dibujo, historia, legislación, administración, construcción, paisajismo, tecnología y aspectos sociales. Incluso la formación universitaria actual entiende el proyecto arquitectónico como la integración del diseño con estructuras, instalaciones, administración, construcción, factores económicos y normativos.

Cuando estudiaba imaginaba que mi profesión sería más sencilla de explicar: recibir un proyecto, diseñarlo, representarlo y pasar al siguiente.

Hoy entiendo que es mucho más.

Un arquitecto no solamente dibuja aquello que otra persona va a construir. Toma decisiones que terminan convirtiéndose en espacios donde alguien va a trabajar, descansar, recuperarse, convivir o pasar una parte importante de su vida.

Por eso, cuando escucho decir que "el arquitecto hace planos", pienso que nos quedamos muy cortos.

El arquitecto hace proyectos. Hace espacios. Hace historia. Hace vida, comodidad y, cuando el trabajo se hace correctamente, también puede generar felicidad.

Eso es lo que más me ha sorprendido de esta profesión. Y después de cada proyecto, me sigue sorprendiendo.

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